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Saltos de esquí

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Los saltos de esquí son quizás la modalidad de deporte invernal más complicada de ejecutar y la que requiere mayor concentración. Y es que un saltador de esquí no debe sólo llegar lo más lejos posible sino que debe realizar el salto a la perfección ya que tanto la seguridad, como la armonía del movimiento y el aterrizaje son factores que los jueces tienen en cuenta a la hora de puntuar el salto.

Estos verdaderos hombres pájaro son capaces de dar saltos de más de 100 metros de longitud y sus vuelos duran entre 3 y 5 segundos a unas velocidades de entre 80 y 100 kilómetros por hora. Su preparación es dura y, en los últimos tiempos, muy tecnológica: la mayoría de los saltadores hacen multitud de pruebas de aerodinámica dentro de un túnel de viento ya que la resistencia que oponen al gélido aire alpino es la clave a la hora de alcanzar una mayor distancia.

A la hora de realizar el salto, el esquiador respira hondo, cobra impulso y se lanza rampa abajo con sus esquís de apenas 12 centímetros de anchura. A casi 100 kilómetros por hora se produce el despegue, el momento crítico ya que una reacción tardía de una milésima de segundo puede representar varios metros de diferencia en la marca final. La posición en V les permite desarrollar una aerodinámica perfecta para planear, aunque un leve movimiento, un amago o un pequeño giro del cuerpo puede ser fatal.

Tras el apasionante vuelo llega la difícil maniobra de tomar tierra. Ésta se realiza en posición telemark, con una rodilla por delante de la otra para aguantar un impacto brutal de hasta tres veces el peso del saltador. "Se parece más a evitar chocar contra una pared que a un aterrizaje", explicó Jens Weissflog, cuatro veces ganador de la tradicional prueba de año nuevo de Garmisch-Partenkirchen tras lograr su última victoria en el 96.

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